Hace aproximadamente 10 meses empecé a ir y volver al trabajo en bicicleta, siguiendo el camino del río Han. Excepto en esos días en que la lluvia es intensa o el calor promete hacerme sudar demasiado, siempre opto por la bicicleta en lugar del metro, encontrando en ello una satisfacción emocional incomparable.

Cuando me enfrento a la vastedad del río Han, con el viento del río refrescando mi rostro, siento como si el estrés se disipara con cada pedaleada. Ahora que estoy criando a mis hijos, esta rutina me ha ayudado a aliviar tanto el agotamiento acumulado durante las noches como el estrés del trabajo diario.

En el camino a la oficina, es común ver a personas mayores, quizás en sus 60, sentadas en los bancos, contemplando el río Han. Algunas parecen reflexionar sobre la vida tras la jubilación, mientras que otras, debido a hábitos adquiridos después de tantos años, siguen saliendo a horas matutinas. Hay quienes también persisten en jogging, lo cual me hace pensar que, en esta edad moderna, los 60 son apenas el comienzo de una nueva etapa llena de retos personales que no pudieron abordar en su juventud.


Los atardeceres a lo largo del río Han son un espectáculo digno de detenerse para contemplar. Muchas veces, mientras pedaleo, el sublime juego de luces en el cielo me obliga a parar, sacar mi cámara y capturar el momento. Fue gracias a estos trayectos en bicicleta que descubrí la diversidad de los colores al atardecer: rojo, púrpura, y rosa compiten en belleza. A medida que el día se envuelve en sus luces finales, la oscuridad comienza a ganar terreno, y cuando finalmente llego a casa, el cielo ya está bañado en penumbra.

Durante los días laborales, el río Han ve más afluencia de gente al salir del trabajo que en las mañanas. Se pueden ver turistas extranjeros explorando Seúl, parejas y amigos disfrutando de picnics, y personas que eligen ejercitarse. Todo esto conforma un paisaje que apenas vislumbraba al viajar en metro. Al pasar rápidamente en mi bicicleta, compartir la vista del río y la vivacidad de las personas también mejora mi ánimo, permitiéndome llegar a casa en un estado mental saludable, listo para disfrutar con mi esposa e hijos; un verdadero regalo del río Han. No sé hasta cuándo podré seguir usando este camino diario, pero cada jornada en bicicleta junto al río me enseña a captar la serenidad y compartirla con los míos, mientras dure esta etapa de mi vida.