La IA como imprenta y el ingeniero que no desaparece

viernes, 5 de junio de 2026

Sin darme cuenta, ya han pasado unos diez días desde que terminé el seminario interno de la empresa. Llevaba por título «La revolución de la imprenta en la era de la IA», y fue una ocasión para mirar la revolución de la IA que estamos atravesando ahora, tomando como espejo la revolución de la imprenta de la década de 1450, en plena Edad Media. La presentación en sí salió sin contratiempos, pero lo que de verdad permaneció en mí no fueron las diapositivas, sino una idea que se fue instalando sigilosamente mientras la preparaba. Quizás este texto no sea más que un intento de desenredar esa idea con calma.

Todo empezó con un video. Boris Cherny, el ingeniero que creó Claude Code, dijo algo así en una presentación: que si tuviera que elegir una sola escena de la historia de la tecnología que se pareciera a lo que está pasando ahora, sería la imprenta de la Europa del siglo XV. Era un comentario que podría haber dejado pasar sin más, pero, curiosamente, esa frase no se me iba de la cabeza. Como justo estaba preparando la presentación del seminario, decidí que, ya puestos, iba a indagar a fondo en esta analogía: si la revolución de la imprenta de la década de 1450 realmente se parece a la revolución de la IA de hoy y, de ser así, hacia dónde acabó dirigiéndose aquella revolución.

Antes de que apareciera la imprenta, los libros eran objetos que se copiaban a mano, uno por uno. Dicen que para producir una sola Biblia hacían falta pergaminos equivalentes a 200 ovejas, plumas de decenas de gansos y 18 meses de trabajo de un escriba. Como era de esperar, los libros eran escasos y valiosos, y quienes escribían seguían siendo una minoría: clérigos, eruditos, nobles. Pero en la década de 1450, con la llegada de la imprenta de Gutenberg, el paisaje cambia. En solo 50 años, las ciudades europeas con imprenta pasaron de 0 a 236, el precio de los libros cayó cerca de un 75 por ciento, y el número de libros que salían al mundo explotó, literalmente, de forma exponencial. Lo único que hizo la imprenta fue ocupar el lugar del escriba, que estaba entre el autor original y la publicación; y sin embargo, la cantidad total de textos existentes en el mundo creció hasta otra dimensión.

¿Y si superpusiéramos este paisaje, tal cual, sobre la década de 2020? Las personas que saben leer y escribir código siguen siendo una minoría. Dicen que en todo el mundo apenas un 0,5 por ciento de la gente sabe programar, y ese dato se solapa de una manera curiosa con la estadística de que, en la Inglaterra de 1500, solo alrededor del 10 por ciento de los hombres adultos podía firmar con su propio nombre. Por eso los programas fueron, durante mucho tiempo, objetos escasos y caros, hechos a mano, uno a uno, por una minoría entrenada durante años. Pero ahora, en el lugar del programador, que estaba entre el autor original y la distribución, ha empezado a entrar la IA. Un diseñador, una contable, un responsable de operaciones construyen y usan sus propios flujos de trabajo sin saber gran cosa de código. El insight más grande que me llevé preparando el seminario fue justamente este punto: la IA es la imprenta de la era digital. Así como la imprenta imprimía textos, la IA imprime código, y entonces, ¿no se multiplicará también el número de programas de forma exponencial, como pasó con los libros? Puede que estemos atravesando, ahora mismo, ese mismo tramo en el que la oferta de libros explotó durante los 50 años posteriores a la imprenta: el segundo o tercer año justo después de que la IA generativa se popularizara con ChatGPT.

Entonces, ¿desaparecerá el programador igual que desapareció el escriba? Cuanto más escarbaba en la historia de las imprentas mientras preparaba el seminario, más me encontraba con la escena contraria. El impresor de los primeros tiempos era un emprendedor en solitario que lo hacía todo él solo: fundía los tipos, componía las páginas, aplicaba la tinta, imprimía, corregía, encuadernaba y hasta salía a vender los libros. Pero cuando los libros empezaron a salir a borbotones, el trabajo dentro de la imprenta se fue dividiendo, y en ese proceso, curiosamente, algunos oficios, lejos de desaparecer, emergieron por primera vez. Como imprimir era un negocio que costaba muchísimo dinero, surgió el publisher, que decidía qué libros imprimir; y como un mismo error se replicaba tal cual en miles de copias, surgieron el editor, que seleccionaba y pulía los manuscritos, y el corrector, que cotejaba las pruebas de imprenta con el original. Cuentan que en 1472 una imprenta de Roma, por leer mal la demanda, se quedó sin vender 12.475 libros y llegó incluso a enviar una carta de súplica al Papa. Cuanto más fácil se volvía la copia en sí, más valiosos se volvían, en cambio, el ojo que juzgaba qué imprimir y el ojo que verificaba si se había impreso bien.

He llegado a pensar que esta escena nos muestra, por adelantado, el lugar que ocupará el ingeniero en la era de la IA. Lo que el vibe coding ha bajado es el umbral de entrada de la programación. Ahora cualquiera puede imprimir código, pero para que ese código sobreviva como un servicio real tiene que cumplir estándares técnicos como velocidad, estabilidad y seguridad, y sobre todo, tiene que ser algo que alguien de verdad quiera. Igual que pasó con el editor y el corrector en las imprentas, ¿no se perfilará, en esta era en la que llueven los programas, el trabajo de juzgar qué construir y de verificar que esté bien construido como la nueva especialidad del ingeniero? Después de terminar el seminario, me quedé con una convicción muy mía: la de que, en la era de la IA, el papel del ingeniero se volverá, más bien, todavía más importante.

Dicen que, cuando la revolución de la imprenta llegaba a su fin, el mundo se había convertido en un lugar donde todos leían y escribían. Entonces, cuando la revolución de la IA llegue a su fin, ¿se habrá convertido en una sociedad donde cualquiera crea y usa sus propios programas? Qué clase de ingeniero seré yo en esa época, y qué estará construyendo nuestro hijo para vivir en ese mundo... me descubro imaginando, casi sin querer, esos dos futuros puestos uno al lado del otro.